Pbro. José Carlos Chávez
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4 de julio de 2025
¿De qué sirve que llueva si no cambia el corazón?

Durante las últimas semanas, las benditas lluvias han comenzado a llenar las nuestras presas de Chihuahua y muchos celebran la buena nueva: “¡por fin hay agua!”. Sin embargo, esta euforia superficial corre el riesgo de ocultar una verdad incómoda: la crisis del agua no se soluciona con una temporada lluviosa. Pensemos que el agua extraída de los acuíferos ha tardado miles de años en acumularse en el subsuelo. El verdadero problema no es solo la escasez, sino el modelo cultural que la provoca y la perpetúa. De ahí el llamado a una conversión ecológica profunda.
Es sabido que, a lo largo de los últimos años, Chihuahua ha enfrentado un desbalance hídrico grave, con acuíferos sobreexplotados, ríos contaminados y una gestión hídrica que deja mucho que desear. Paradójicamente, somos un estado donde el agua subterránea sostiene la vida, pero también uno de los que más depreda ese mismo recurso. Las lluvias, aunque generosas, no bastan si nuestros hábitos siguen intactos: consumo desmedido, agricultura intensiva sin regulación, minería tóxica y una lógica económica que mercantiliza el agua como si fuera un bien más del mercado.
He intentado abordar esta cuestión en el libro Justicia Hídrica reflexionando que no estamos simplemente ante un problema técnico, sino ante una grave crisis ética y espiritual. Necesitamos algo más que obras hidráulicas: necesitamos una cultura del agua. Viene a mi mente el esfuerzo de la sociedad civil por establecer un museo del agua en la región centro-sur del Estado para promover precisamente el cambio de mentalidad que necesitamos, a fin de superar la indiferencia y reconocer el agua como un derecho humano, no como una mercancía.
La raíz del problema está en nuestro corazón. Llenamos presas, pero no vaciamos nuestro egoísmo. Celebramos la lluvia, pero olvidamos que los más obres siguen sin agua potable. ¿De qué sirve que llueva si seguimos perpetuando un modelo económico basado en el sobreextractivismo acelerado e insostenible de acuíferos? ¿De qué sirve que llueva si esa agua solo alimentará los mismos cultivos que agotan los acuíferos? ¿De qué sirve que llueva si no cambia el modelo económico que pone el lucro por encima del bien común?
El Papa Francisco lo ha expresado con claridad: «El clamor de la tierra y el clamor de los pobres son uno solo». No podemos escuchar el primero e ignorar el segundo. El agua que hoy cae del cielo es un don, pero también un juicio. Es una invitación a preguntarnos: ¿qué vamos a hacer con ella? ¿Seguir en la lógica del mercado y de la maximización de la ganancia o dar paso a una ecología sostenible e integral?
Una cultura ecológica comienza con gestos concretos: consumir menos, exigir justicia hídrica, cuidar los ríos, proteger los acuíferos, reformar las políticas públicas, denunciar la corrupción hídrica. Pero, sobre todo, requiere una espiritualidad que nos recuerde que el agua es hermana, no una mercancía. Esto exige una verdadera conversión ecológica: un cambio profundo de mentalidad, valores y hábitos, que nos permita pasar del uso utilitarista al cuidado reverente.
Que las lluvias no nos anestesien. Que no nos hagan pensar que el problema está resuelto. El verdadero diluvio es el del consumo irresponsable. Y la única arca capaz de salvarnos es un corazón que se ha dejado tocar por el dolor del desierto, de la tierra, y de los más sedientos.
¡Si no hay conversión, ni la lluvia basta!