Pbro. José Carlos Chávez

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29 de marzo de 2026

Domingo de Ramos: Cristo entra también en nuestra historia

No recordamos solamente un hecho del pasado. Proclamamos que hoy Cristo entra en nuestra vida, en nuestra sociedad y en este mundo herido para asumir sus dolores, iluminar sus oscuridades y visitar nuestra historia con la fuerza de su redención.

Hace veinte siglos, Jerusalén recibió a Cristo y el pueblo salió a su encuentro entre hosannas y alegrías. Aquella ciudad lo recibió en medio de sus esperanzas y también de sus conflictos. Y eso mismo sigue ocurriendo hoy: cada nación, cada pueblo y cada comunidad son visitados por el Señor.

No estamos solamente evocando la entrada de Cristo en Jerusalén. Estamos proclamando que hoy, entre estas palmas y en esta parroquia concreta, Cristo mismo entra en nuestra vida y en nuestra sociedad. Entra para asumir nuestras heridas, para iluminar nuestras oscuridades y para visitar nuestra historia con la fuerza de su redención.



¿Qué encuentra Cristo cuando entra?

Esa es la gran pregunta del Domingo de Ramos.

¿Qué encuentra Cristo cuando entra en Jerusalén? El Evangelio nos deja ver, en primer lugar, algo hermoso: encuentra un pueblo bueno, encuentra canticos de los niños, encuentra una multitud de peregrinos que salen a su encuentro.

Y encuentra palmas. La palma es signo de victoria. Pero también es signo de martirio: de un martirio que, después del tormento, se vuelve gloria. Por eso Cristo entra en Jerusalén sabiendo que allí lo espera su pasión, la confabulación de los fariseos, la traición de Judas, la negación de Pedro, la condena de Pilato, las burlas de los soldados, y en definitiva… la muerte.

Por eso esta celebración no se queda en la emoción de una procesión. Nos obliga a mirar con hondura. Porque si la liturgia no es simple recuerdo, sino vivencia y actualización. Entonces la pregunta ya no es solo qué encontró Cristo hace veinte siglos. La pregunta es qué encuentra hoy, aquí, entre nosotros.



Cristo entra hoy en nuestro mundo herido

Y cuando miramos nuestro tiempo, la respuesta no tarda en aparecer.

Cristo entra en la historia de este año 2026 encontrando un mundo complejo, marcado por guerras y rumores de guerras. Entra en una historia atravesada por la violencia, el miedo, la indiferencia y el pecado.

Estados Unidos, en alianza con Israel, inicia una guerra a gran escala contra Irán. La guerra entre Ucrania y Rusia se acerca ya a cuatro años y sigue sin resolverse de manera clara: ni por la vía de la negociación ni por un triunfo preciso. Y, sin embargo, ya casi se nos olvidó. Las noticias desvían nuestra atención, y otros problemas se van quedando en el olvido. Se olvida el dolor. Se olvida la injusticia. Se olvida a las víctimas.

Por otro lado, las tensiones en Medio Oriente muestran hasta qué punto la violencia hiere también la fe de los pueblos. La prohibición al patriarca de Jerusalén, Pierbattista Pizzaballa, de celebrar la misa de Domingo de Ramos en el Santo Sepulcro equivale, en cierto modo, a pensar que un obispo no pudiera celebrar en su propia catedral.

Ese es el mundo complejo en el que Cristo entra hoy. Ese es el panorama social que Cristo encuentra este Domingo de Ramos.



¿Para qué entra Jesús en Jerusalén?

Pero el Domingo de Ramos no solo nos invita a mirar el mundo. También nos obliga a mirar hacia dentro.Jesús entra también en la Jerusalén de nuestro corazón, para curar las heridas del pecado. Entra para salvar. Entra para anunciar el Reino. Entra para desenmascarar la injusticia de la guerra y la opresión del pecado.

No entra para anestesiar nuestras faltas. No entra para adormecer la conciencia. No entra para ser un consuelo superficial que deje todo como está. Jesús no es el “opio del pueblo”. Entra a confrontar los poderes políticos y religiosos de Jerusalén que no están en sintonía con la voluntad de Dios. Y esa fidelidad lo conduce a la muerte.

Por eso su entrada en la ciudad santa es una entrada humilde, montado sobre un burrito, una entrada pacífica, pero no cómplice. Jesús entra para poner la verdad de Dios en medio de una historia herida.



¿Qué encuentra Cristo cuando entra en la Jerusalén de nuestro corazón?

Encuentra la avaricia de Judas: la ganancia a costa del inocente. Encuentra la corrupción de los fariseos, que tuercen el proceso judicial de Jesús. Encuentra el disimulo de Pilato y su evasión de responsabilidad. Encuentra la injusticia del gentío que elige a Barrabás. Encuentra la burla de los soldados romanos, que se ensañan contra el débil.

La Pasión no habla solo de personajes de otro tiempo. Habla también de nosotros. Habla de nuestras decisiones, de nuestras omisiones, de nuestras cobardías, de nuestras complicidades.



¡Que Jesús sea recibido con los canticos de los niños hebreos!

Por eso, en este Domingo de Ramos, habría que pedir una gracia muy concreta: que Cristo encuentre en nosotros algo distinto.

Que encuentre la solidaridad del Cirineo, capaz de ayudar a cargar con la fragilidad. Que encuentre la fidelidad de María y de las otras mujeres, que permanecen en medio del dolor, rezando, llorando y amando. Que encuentre en nosotros el gesto noble de José de Arimatea, que sabe tratar con dignidad el cuerpo de Jesús.

Pero, sobre todo, habría que pedir que Jesús encuentre en nuestro corazón el canto y el gozo de los niños hebreos.

Ellos extendían sus mantos por el camino y clamaban: “Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor”.

Los niños y los jóvenes cantan, aclaman y alaban a Jesús. Y ahí hay una enseñanza decisiva: solo quien se hace pequeño, solo quien se hace humilde, sabe reconocer de verdad la visita del Señor.

Cristo entra hoy. Entra en nuestra historia, entra en nuestro mundo y entra en nuestro corazón.

La pregunta es sencilla, pero decisiva: cuando pase por nuestra vida, ¿qué encontrará?