Pbro. José Carlos Chávez

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9 de abril de 2026

Emaús: pedagogía del Resucitado para la misión de la Iglesia

Emaús: pedagogía del Resucitado para la misión de la Iglesia


Nos encontramos ante un texto paradigmático para comprender la misión eclesial. El camino de Emaús una pedagogía sagrada, un itinerario en el que la fe madura paso a paso. Allí el Resucitado conduce a los suyos por un proceso transformación que puede resumirse en cinco movimientos: acercarse, escuchar, iluminar, celebrar y enviar.

¿Quién es el segundo discípulo que camina hacia Emaús? Uno se llama Cleofás; el otro permanece sin nombre. Y quizá no lo tenga porque puede ser cualquiera de nosotros. En ese discípulo anónimo se refleja toda alma herida, toda comunidad desconcertada y desesperanzada. Es así como Jesús se acerca también a nosotros en el camino de nuestra vida.



  1. Acercarse

Ante todo, Jesús se acerca y camina con ellos. La iniciativa nace del Señor. No espera a que los discípulos regresen ya curados de su tristeza ni esclarecidos en su confusión. Sale a su encuentro precisamente mientras se alejan de Jerusalén y de la comunidad. El Evangelio afirma: «Caminaba con ellos» (Lc 24,15). El Señor no se mantiene a distancia de nuestro dolor; entra en él y lo recorre con nosotros. Se hace compañero de camino en la hora oscura, como el verdadero Pastor que va delante para guiar, en medio para sostener y detrás para alentar a los rezagados.



  1. Escuchar

Después, Jesús escucha y dialoga. Antes de hablar, escucha; antes de enseñar, pregunta: «¿Qué conversación es esa que traen mientras van de camino?» (Lc 24,17). Acoge sus expectativas frustradas, su desconcierto y su lectura herida de los acontecimientos. Los deja hablar para que puedan reconocer lo que llevan dentro. 

Cuánta falta hace hoy, también en la Iglesia, este carisma de la escucha. Vivimos abrumados por compromisos, urgencias y planes, y con frecuencia falta ese tiempo sagrado para oír de verdad. A veces predominan las respuestas prefabricadas, las recetas repetidas, las palabras que no brotan del encuentro. Sin embargo, el Señor nos enseña que no hay evangelización auténtica sin paciencia para escuchar el corazón humano.



  1. Interpreta la Escritura

A continuación, Jesús ilumina la experiencia con la Escritura. Tras haberlos escuchado, les dirige una palabra firme, autorizada y transformadora. No niega el sufrimiento, no borra la cruz, no minimiza la herida; más bien, relee todo a la luz del designio de Dios. Les interpreta las Escrituras y les muestra que lo vivido, aun en su dureza, no estaba fuera del camino de la salvación. Entonces comienza a arderles el corazón. 

Así sucede siempre que la Palabra de Dios deja de sonar como una lección lejana y se convierte en luz para la propia historia. La Escritura no solo explica el pasado: abre el misterio de la vida, consuela el corazón y devuelve el sentido.



  1. Partir el pan

Luego, Jesús los conduce a la experiencia eucarística. Cuando cae la tarde, los discípulos le suplican: «Quédate con nosotros». Y el Señor “entra en su noche”. Con delicadeza y firmeza se queda con ellos, entra en su morada, toma el pan, lo bendice, lo parte y lo da. Entonces acontece el momento decisivo: «Se les abrieron los ojos» (Lc 24,31). 

El reconocimiento pleno sucede en la fracción del pan. Allí la mente se esclarece y el corazón comprende. Por eso, partir juntos el pan es un lugar privilegiado para la evangelización y para la transmisión de la fe con vistas a la misión. En cada Eucaristía, el Señor sigue tocando, educando y sanando a su pueblo para hacerlo crecer en la fe y abrirle los ojos del alma.



  1. Envío misionero. 

Finalmente, Jesús los impulsa a la misión. Una vez reconocido, desaparece de su vista, no para abandonarlos, sino para que recuperen la iniciativa. El encuentro con el Resucitado no encierra: envía. Por eso emprenden sin demora el camino en dirección contraria. Regresan a Jerusalén, vuelven a la comunidad y anuncian lo que han vivido. «Al momento se pusieron en camino» (Lc 24,33). Vuelven de noche, ellos que poco antes temían la noche. Pero ahora la alegría del encuentro ha llenado su corazón, ha devuelto vigor a sus pasos y ha encendido sus rostros. Comprenden así que la misión no puede aplazarse.

Una parroquia que no vive en salida misionera está enferma de autorreferencialidad; en cambio, quien ha reconocido a Cristo vivo siente la urgencia de compartirlo, incluso en medio de la noche del mundo.



Emaús es cada Eucaristía

¿Dónde está Emaús? A unos once kilómetros de Jerusalén Los arqueólogos han propuesto diversos lugares. Sin embargo, conocemos una verdad más honda: Emaús es cada Eucaristía. Emaús es el lugar donde el Resucitado se acerca a nuestro camino, ilumina nuestra historia y nos abre los ojos al partir el pan. Emaús es el ámbito santo en el que reconocemos a Jesús y, al reconocerlo, volvemos a la comunidad para anunciar que vive.

Que también nosotros, como aquellos discípulos, dejemos que el Señor nos alcance en el camino, nos hable al corazón, se nos dé en el Pan y nos convierta en testigos de su Pascua.