Pbro. José Carlos Chávez
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5 de marzo de 2026
La Aporofobia de los Epulones

La parábola de Lázaro y el rico
Esta parábola puede oler a marxismo por el contraste entre un rico y un pobre, haciendo e una lectura de “lucha de clases”, pero no es así: lo que aquí aparece es cristianismo radical.
Fijémonos primero en los dos personajes. El pobre tiene nombre: Lázaro. Es un nombre de origen hebreo, Eleazar, y significa “el ayudado por Dios”. Ante los hombres aparece como pobre; ante Dios, en cambio, se revela como rico. Su destino lo expresa el lenguaje de la parábola con sobriedad y fuerza: los ángeles lo llevan al seno de Abraham. El rico, por el contrario, no tiene nombre: muere en el anonimato. La tradición lo ha llamado Epulón, el comilón, el banqueteador, el glotón. Es rico ante los hombres, pero pobre ante Dios, y lo único que se subraya al final es que lo enterraron. Una asimetría interesante: el pobre es reconocido, el rico queda sin identidad; el pobre es llevado por los ángeles, el rico es sepultado.
Ahora bien, ¿por qué se condenó Epulón? El relato de Jesús no dice que fuera injusto, ni que robara. Su condena no nace de un delito evidente, sino de una vida indiferente. Estaba demasiado lleno de sus riquezas e ignoraba la existencia de Lázaro. Carecía de compasión y de solidaridad y, lo más grave, no se dio cuenta de que hay valores más importantes que los que él apreciaba. Por eso conviene decirlo con claridad: ni el rico se condena por el hecho de serlo ni el pobre se salva por el hecho de serlo; ni la pobreza salva ni la riqueza condena. ¡Dios no nos salva haciendo estudios socioeconómicos!
¡El gran pecado no es poseer riquezas, sino la indiferencia! La parábola retrata la ceguera del ricachón: se cierra a Dios, prescinde de Él y, al cerrarse a Dios, se cierra también a la necesidad del hermano. No ha ofrecido su ayuda. La riqueza no es pecado, pero la riqueza acumulada que permite que los pobres mueran sí lo es. Es pecado la falta de solidaridad, y es pecado de omisión: evitar realizar el bien posible. En esa misma línea denunciamos la riqueza que ocasiona la injusta distribución del destino universal de los bienes.
La condena de Epulón, además, nos enfrenta con una realidad que no se puede diluir: existe el infierno y existe el cielo; es la realidad con la que tenemos que afrontarnos. Los novísimos —muerte, infierno, juicio y gloria, ten cristiano en tu memoria—. Pero la parábola también enseña cómo entender la condena: no es un castigo impuesto por Dios, ni un juicio arbitrario al final de la existencia. Condena es la elección, ya desde esta vida, de una forma de vida contraria a Dios; una elección que al final será respetada y ratificada por Dios. Es un destino que el mismo rico eligió cuando optó por el egoísmo, que es muerte, en lugar de optar por el amor, que es vida.
Por eso el “abismo inmenso” no aparece de repente después de la muerte. Ya existía desde la puerta del rico, que no por error le daba las sobras a Lázaro. Es el abismo de la indiferencia que creamos hacia los insignificantes tirados en el camino. Y todavía hay un detalle que desnuda la dureza del corazón: Epulón sigue siendo egoísta después de muerto; se acordó de Lázaro solo porque necesitaba una gota de agua. Pone sus ojos en Lázaro no por arrepentimiento, sino por necesidad. La indiferencia, cuando se vuelve estilo de vida, termina configurando incluso la manera en que miramos al otro.
Esta parábola interpela de modo directo nuestra época. Vivimos en una sociedad hiperconectada en lo digital, pero desconectada en lo humano. La enfermedad de la indiferencia se manifiesta también como aversión a las personas pobres. Eso tiene un nombre: aporofobia, un neologismo acuñado por la filósofa Adela Cortina en los años noventa, a partir del griego áporos (“pobre”) y fóbos (“miedo”): es el miedo y rechazo hacia la pobreza y hacia las personas pobres; la animosidad, hostilidad y aversión hacia zonas o barrios desamparados y de escasos recursos. Cuando damos alguna limosna, ¿sabemos tocar la mano del pobre, sonreírle, mirarle a los ojos? ¿Veo el sufrimiento o me hago de la vista gorda? El pecado del rico Epulón fue no abrir su puerta.
La disyuntiva es exigente: tacaño o generoso. La conversión pasa por el bolsillo, recordaba el papa Francisco. La liturgia lo formula sin rodeos en el prefacio: “nos invitas a que con nuestras privaciones voluntarias repartamos nuestros bienes con los necesitados”. Los santos Padres afirman que los bienes “superfluos” pertenecen a los pobres, y que retenérselos es usurpárselos. Nadie tendrá derecho a lo superfluo mientras alguien carezca de lo necesario. En 1967, el papa Pablo VI lo expresó con firmeza en Populorum progressio, citando a san Ambrosio: no es parte de tus bienes lo que tú das al pobre; lo que le das le pertenece; lo que ha sido dado para el uso de todos, tú te lo apropias; la tierra ha sido dada para todo el mundo y no solamente para los ricos. La limosna, entonces, no es un gesto decorativo: es limosna para los pobres y limosna penitencial. Y, sin embargo, permanece la advertencia: qué peligro el tener bienes materiales, porque las riquezas tienen poder de seducción y pueden conducir a la pobreza del corazón.
¿Y Lázaro? ¿por qué se salvó? No se salvó por ser pobre. La miseria material no la quiere Dios; es fruto de la injusticia de nuestros sistemas económicos y políticos, y esa miseria hay que combatirla para que todos vivamos con dignidad. Lázaro no se salva simplemente por haber tenido una vida desgraciada, sino por estar abierto a Dios. Al final, la muerte nos llevará al Hades o al seno de Dios; nuestro juicio final será como una cucharada de miel o de veneno según nuestra solidaridad: La salvación de Lázaro nos viene explicada en la primera lectura y en el salmo: “Bendito el hombre que confía en el Señor y en él pone su esperanza.” Y la parábola vuelve a situarnos, sin evasivas, ante la misma encrucijada: ¿en qué ponemos nuestra confianza en esta vida? El rico la puso en sus riquezas y falló; en el momento de la verdad no le sirvieron de nada. El pobre no tuvo esas ventajas, pero se ve que sí había confiado en Dios, y eso lo llevó a la felicidad definitiva.