Pbro. José Carlos Chávez

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2 de abril de 2026

Los tres regalos de Jesús en el Jueves Santo

Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. (Jn 13,1)



El Jueves Santo nos introduce en la hora más intensa del amor de Cristo. Jesús sabe que ha llegado su hora. Sabe que va hacia la cruz. Y precisamente en ese momento no nos deja una herencia de amor. Antes de su Pasión, nos entrega tres grandes dones que brotan de su corazón: la Eucaristía, el sacerdocio y el mandamiento nuevo de la caridad.

Tres regalos para sostener la vida de su Iglesia y renovar el mundo.



La Eucaristía: Cristo se queda con nosotros

El primer gran don del Jueves Santo es la Eucaristía. Jesús no quiso despedirse de los suyos dejándoles sólo un recuerdo. Quiso quedarse. Quiso hacerse alimento. Quiso permanecer en medio de nosotros como Pan vivo bajado del cielo.

La Eucaristía es el alimento que da vida. En ella, Cristo mismo se nos entrega. No recibimos una idea, ni un símbolo vacío, ni un simple gesto religioso: recibimos al Señor. Por eso dice el Evangelio: “Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (Jn 6,53).

Y este don es todavía más conmovedor cuando recordamos que la Eucaristía no es premio para perfectos, sino pan para necesitados. Jesús nos conoce. Sabe nuestras fragilidades, nuestros pecados, nuestras incoherencias. Y, aun así, no se cansa de venir a nosotros. De ser nuestro alimentos. 

En un mundo hambriento de Dios, de sentido y de esperanza, la Eucaristía es el gran regalo del Señor. Allí donde el corazón humano experimenta vacío, cansancio o soledad, Cristo se ofrece como alimento que sostiene, cura y da vida eterna.



El sacerdocio: Cristo sigue sirviendo a su pueblo

El segundo don del Jueves Santo es el sacerdocio ministerial. Jesús no sólo quiso quedarse en la Eucaristía; quiso también dejarnos ministros que partieran el Pan, perdonaran los pecados y cuidaran de su pueblo en su nombre.

El sacerdote no se pertenece a sí mismo. Está para servir. Su vida sólo se entiende desde Cristo y para la Iglesia. El sacerdocio no es un privilegio, sino una forma concreta de entrega; no es afirmación de sí, sino disponibilidad; no es búsqueda de poder, sino servicio humilde al Pueblo de Dios.

Por medio de sus sacerdotes, Cristo continúa enseñando, alimentando, perdonando, consolando y pastoreando a su pueblo. Por eso, el sacerdocio no es un don que bemeficie solamente a quien ha sido ordenado: es un regalo para toda la comunidad cristiana. El sacerdote existe para que el pueblo de Dios no quede sin la Palabra, sin la Eucaristía y sin el consuelo de la misericordia.

En una cultura marcada por la autosuficiencia, el individualismo y la dificultad para dejarnos acompañar, el sacerdocio aparece como un signo elocuente de la cercanía de Dios. El Señor no abandona a su pueblo. Lo guía, lo alimenta y lo sostiene también por medio de pastores frágiles, pero consagrados para servir.

Con razón decía el santo Cura de Ars: “El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús”. Allí donde hay un sacerdote fiel, humilde y entregado, allí Cristo sigue inclinándose sobre las heridas de su pueblo.



El mandamiento nuevo: amar hasta arrodillarse ante el hermano

El tercer don del Jueves Santo es el mandamiento nuevo del amor. Jesús no sólo se queda en la Eucaristía y no sólo instituye el sacerdocio. También nos enseña la forma concreta del amor cristiano: “Amaos unos a otros como yo os he amado” (Jn 15,12).

La medida del amor cristiano no es el sentimiento, ni la simpatía, ni la mera ayuda ocasional. La medida es Cristo. Y Cristo ama hasta el extremo. Ama sirviendo. Ama abajándose. Ama cargando con el peso del otro. Ama hasta entregar la vida.

La Eucaristía que Jesús instituye esta noche nos saca de la indiferencia. Quien ha sido amado hasta el extremo no puede vivir de espaldas al dolor del hermano. No puede encerrarse en su comodidad mientras otros sufren. No puede comulgar con Cristo y permanecer indiferente ante la fragilidad ajena.

La caridad cristiana comienza cuando dejamos de pasar de largo. Cuando el sufrimiento del otro deja de ser una molestia y se convierte en una llamada. Cuando descubrimos que amar es hacerse cargo, dignificar, acompañar, levantar, cuidar.

También aquí la enseñanza social de la Iglesia resuena con fuerza: el servicio de la caridad no es algo opcional ni secundario, sino una dimensión constitutiva de la misión de la Iglesia. La fe no nos aparta del dolor del mundo; nos introduce más hondamente en él para servirlo con el corazón de Cristo.

Vivimos en una sociedad que muchas veces se construye de espaldas al sufrimiento. Nos hemos acostumbrado a mirar sin ver, a oír sin escuchar, a pasar de largo ante el drama ajeno. Por eso el mandamiento nuevo del amor es una medicina para nuestro tiempo. Es un don para un mundo herido de indiferencia.




El lavatorio de los pies: un gesto de amor

Y todo esto Jesús no sólo lo dijo: lo mostró de rodillas, lavando los pies de sus discípulos.

En tiempos de Jesús, lavar los pies era una tarea reservada a los esclavos. Era el gesto humilde de quien recibía a otro en la casa y se inclinaba ante su suciedad, su cansancio y el polvo del camino. Pues bien, eso mismo hace el Señor. El Maestro se hace siervo. El Señor se arrodilla. El Santo toca el polvo de los hombres.

Pedro no lo entiende. Y no lo entiende porque el amor de Dios siempre nos desconcierta. Esperamos un Dios fuerte según nuestros criterios, y Jesús nos revela un Dios fuerte en la humildad, grande en el servicio, glorioso en el abajamiento.

En el lavatorio de los pies se resume todo el misterio del Jueves Santo. La Eucaristía nos muestra a Cristo que se entrega. El sacerdocio nos muestra a Cristo que sigue sirviendo a través de sus ministros. El mandamiento nuevo nos muestra a Cristo que nos enseña a amar del mismo modo.

Amar de verdad es, en el fondo, aprender a arrodillarse ante el hermano para curar su fragilidad.



Una invitación para esta noche santa

Esta noche no venimos solamente a recordar tres dones. Venimos a recibirlos. Recibimos la Eucaristía: Cristo nos alimenta. Recibimos el sacerdocio: Cristo sigue sirviendo a su pueblo. Recibimos el mandamiento nuevo: Cristo nos enseña a amar.

Hoy imitaré, aunque indignamente, el gesto de Jesús: lavar los pies a algunos hermanos y hermanas de nuestra parroquia. Son distintos entre sí: hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos, sanos y enfermos, un diácono y laicos. Y eso es muy lindo, porque ahí está el rostro de nuestra Iglesia universal, ahí está el rostro de nuestro pueblo con su vida, sus luchas, sus cansancios, sus esperanzas. En ellos están todos ustedes. Todos, todos. Está nuestra parroquia entera.

Y yo también necesito ser lavado. Yo también necesito que Jesús me lave el corazón, me limpie de mis pobrezas y de mis pecados, y me enseñe a servir mejor. Por eso les pido que recen por mí durante el lavatorio. Recen para que yo sea un sacerdote según el corazón de Jesús: cercano, sencillo, servidor, capaz de entregarse por su pueblo.