Pbro. José Carlos Chávez
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3 de abril de 2026
Viernes Santo: entrar en el misterio de la Pasión del Señor

El Viernes Santo no es un día para quedarnos únicamente en el dolor, como si la Cruz fuera el final de todo. Es, más bien, un día para permanecer junto al Señor, mirarlo con fe y dejarnos conducir al corazón de su amor. La Iglesia no se reúne hoy para llorar una derrota, sino para contemplar, en sagrado silencio, el amor llevado hasta el extremo. En la Pasión de Cristo no contemplamos un fracaso, sino la victoria del amor que se entrega, redime, reconcilia y salva.
Esta celebración nos va introduciendo, paso a paso, en el misterio. No asistimos solo a un recuerdo piadoso de algo que ocurrió hace siglos. Entramos sacramentalmente en la hora santa de Cristo. Nos acercamos a su entrega. Nos dejamos tocar por su obediencia filial, por su mansedumbre, por su silencio, por su misericordia. Y así descubrimos que la Pasión del Señor no es algo ajeno a nuestra vida: allí están también nuestras heridas, nuestros pecados, nuestros dolores, nuestras luchas y, al mismo tiempo, nuestra esperanza.
La Pasión proclamada
Primero, la Pasión es proclamada. Escuchamos el relato santo y, mientras lo escuchamos, comprendemos que no se trata solo de una narración, sino de una Palabra viva que nos revela quién es Dios y cuánto ama a su pueblo. Cada escena nos introduce en el misterio: el abandono, la entrega, el perdón, la sed, la obediencia, la Cruz. Todo habla. Todo salva. Todo manifiesta el amor del Hijo que se ofrece libremente por nosotros.
La Iglesia escucha de pie o en recogimiento, no como quien oye una historia lejana, sino como quien reconoce allí la fuente de su vida. En esa Pasión está narrada nuestra salvación. Allí, Cristo carga con el pecado del mundo; allí entra en la noche humana para llenarla de la luz de su amor; allí, muriendo, destruye nuestra muerte y abre para todos el camino de la vida nueva. Por eso, al escuchar la Pasión, el corazón creyente no se encierra en la tristeza: se abre al asombro y a la gratitud.
Señor Jesús, proclamamos tu Pasión con fe.
La Pasión orada
Después de escuchar, la Iglesia ora. Y ora como Cristo: con los brazos espiritualmente extendidos sobre el mundo entero. Hoy las súplicas son universales, solemnes, amplias como el corazón del Crucificado. No rezamos solo por nosotros ni solo por los cercanos. Rezamos por todos, porque el amor de Cristo es para todos y su sangre ha sido derramada por la salvación del mundo.
En este momento, la comunidad aprende algo esencial: quien ha contemplado de verdad la Cruz no puede vivir encerrado en sí mismo. El Crucificado ensancha el corazón de su Iglesia. Por eso pedimos por la Iglesia, por el Papa, por los ministros y los fieles, por quienes buscan a Dios, por quienes no creen, por quienes sufren, por los pobres, por los perseguidos, por los gobernantes, por los pueblos heridos por la guerra, por los olvidados de la historia. La oración solemne del Viernes Santo nos educa en una caridad sin fronteras.
La antigua imagen de la Virgo orans expresa bien este momento: la Iglesia aparece como una mujer en oración, con los brazos abiertos, intercediendo por todos. Así ora la Esposa unida a su Señor. Así ora la comunidad creyente, que no se cansa de presentar al Padre el clamor de la humanidad. Hoy, más que nunca, nos convertimos en intercesores del mundo entero.
Señor Jesús, invocamos tu Pasión en nuestra oración.
La Pasión adorada
Luego, la liturgia nos conduce a la Cruz. Y aquí el misterio se vuelve todavía más cercano. La Cruz es presentada a la asamblea, y nosotros la miramos no como un simple signo del sufrimiento, sino como el lugar donde ha brillado de manera suprema el amor de Dios. No adoramos un madero; adoramos a Cristo, que en la Cruz entregó su vida por la salvación del mundo.
La adoración de la Cruz es uno de esos momentos en los que la fe toca casi con las manos el misterio. Nos acercamos, nos inclinamos, la besamos, la veneramos. ¿Por qué? Porque allí estuvo clavado el Salvador del mundo. Allí colgó nuestra salvación. Allí murió nuestro pecado. Allí fue vencido el odio por el amor, la violencia por la mansedumbre, la muerte por la obediencia del Hijo. La Cruz, que parecía signo de humillación, se revela como árbol de vida, trono de gracia y bandera de victoria.
Ante la santa Cruz comprendemos que Dios no nos ha amado de palabra, sino hasta el extremo. Comprendemos también que no hay noche humana que él no haya querido atravesar, ni herida que no haya querido asumir, ni soledad que no haya querido visitar. Por eso la Cruz no solo se contempla: se abraza. Porque quien descubre en ella el amor de Cristo ya no ve un signo de derrota, sino la puerta por la que ha entrado la esperanza al mundo.
«Tu Cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección alabamos y glorificamos».
Señor Jesús, adoramos tu Pasión en tu santa Cruz.
La Pasión comulgada
Finalmente, la Iglesia comulga. Y este momento cierra el itinerario litúrgico llevándolo a su mayor profundidad. Aquello que hemos escuchado, suplicado y adorado, ahora lo recibimos. El mismo Cristo que se entregó en la Cruz se nos da en la Comunión. El Cuerpo ofrecido por nosotros es el mismo Cuerpo que alimenta hoy a su pueblo. La Pasión se acoge dentro de la propia vida.
Comulgar en Viernes Santo es aceptar que la lógica de Cristo se haga también nuestra lógica. Es dejar que su amor venza nuestras durezas. Es consentir que su entrega transforme nuestro egoísmo. Es recibir en el corazón al Crucificado para aprender de él una vida más humilde, más fraterna, más misericordiosa y más entregada. No se trata solo de recibir un don santo, sino de dejarnos configurar por Aquel que se nos da.
Señor Jesús, proclamamos tu Pasión con fe,
la invocamos en nuestra oración,
la adoramos en tu santa Cruz
y la recibimos con amor en la Comunión.
A ti, Cristo entregado por amor,
gloria por los siglos de los siglos. Amén.